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Aldeas, ciudades y casas en el imperio inca

La población inca fue mayoritariamente rural, pero también existieron pueblos y ciudadelas. Las comunidades más pequeñas eran llamadas ayllu o aillu, y estaban todas ligadas a un ancestro común varias generaciones hacia atrás. Dicho ancestro daba el apellido, que generalmente había tomado el nombre de un animal pero también, en ocasiones, el nombre o la forma de un objeto natural. Los huesos del antepasado estaban contenidos en un lugar sagrado, cercano al ayllu, que ellos llamaban y llaman todavía huaca, como a todo lo sagrado o sobrenatural. La sola presencia de los restos del antepasado común, y también de los restos de su descendencia más notable, cerca del ayllu, protegía a la comunidad, y otorgaba derecho sobre las tierras alrededor. Según Waldemar Espinoza, los primeros censos españoles informaron ayllus de entre 40 y 600 personas, pero el historiador señala que ayllus tan despoblados de a penas 40 personas pueden haber existido producto de las epidemias que llevaron a América los españoles, y que en tiempos normales agrupaban en promedio a cien familias.

Condor

Parte del valle sagrado de los incas. En los Andes hubo muchos ayllus en este tipo de valles.

Durante el imperio inca no se podía emigrar voluntariamente, quedabas atado a tu terruño. Esto no parece haber sido un gran problema para los incas, para el pueblo inca, los runas. Vivían felices y en paz, con sus trabajos y sus fiestas, sus quehaceres y sus trabajos colectivos. Cada ayllu y cada etnia tenía una forma particular de vestir, y debían mantenerla. Era obligatorio usar siempre el mismo tipo de vestido. Muchas veces identificaban a lo lejos a alguien solamente por los colores y hasta las formas dibujadas en los vestidos que usaba, a pesar de que el traje fuera el mismo entre los diferentes ayllus, los colores y los signos no lo eran. Su patria, su nación, era el ayllu, pasaban siglos y el vestido era siempre el mismo.

Lo más frecuente era encontrar casas de familias nucleares (papá-mamá-hijos) a veces también familias compuestas, complementadas por algún huérfano, alguna tía solterona o viuda, etc. Las casas estaban ampliamente separadas las unas de las otras, con la particularidad de instalarse, al menos en la Cordillera y sus valles, en las laderas, para dejar las partes planas y cercanas a las fuentes de agua para el cultivo agrícola. Prácticamente no formaban pueblos con casas pegadas las unas a las otras, y cuando lo hacían, no había calles sino diminutos pasillos que separaban una pared de otra, como pequeños laberintos, en pequeños pueblitos llamados markas, situados siempre sobre pedregales o lugares improductivos. Por lo general estas markas correspondían a un solo ayllu, pero las hubo más grandes, markas conteniendo varios ayllus, como en Tunanmarca (Siquillapucara), que fue una ciudad fortificada de más de 2 kilómetros de ancho y más de medio kilómetro de largo, era el reino de los huancas, posteriormente incorporados al imperio inca.

Además de las markas, los pueblitos incas, existieron las llactas, que eran ciudadelas imperiales donde el grueso de la población iba rotando puesto que estaba compuesta de mitani o mitayos, gente que hacía mita, una retribución al estado inca con trabajos obligatorios. Tenían entonces las llactas mayoritariamente una población flotante, junto a una pequeña población permanente sobretodo de mujeres (acllascas, que significa escogidas, y mamaconas, que eran sacerdotisas que educaban a las vírgenes) y funcionarios, el resto de la población solo estaba un tiempo, trabajaba, y volvía cada uno a su ayllu de origen. Cuzco era la llacta más grande, la más importante por ser sede permanente del poder imperial, y la más sagrada, pues allí “residían” las momias de todos los emperadores previos. Y era la única llacta con una cantidad importante de residentes permanentes, además de todos los mitayos trabajadores siempre de paso. Según Waldemar Espinoza, Cuzco pudo haber albergado a entre 60.000 y 100.000 habitantes.

La fundación y construcción de llactas fue siempre parte del plan imperial de expansión y control. No lo inventaron ellos, más bien heredaron esta práctica, o la copiaron, de los Huaris (o Waris) y los Puquinas (Tiwanaku o Tiahuanaco), estos últimos grandes maestros de la piedra. Citaremos las principales llactas del imperio inca, de norte a sur: Quito, Carangue, Tumipampa (Tomebamba), Caxas, Poecho, Caxamarka (Cajamarca), Cochapampa (Cochabamba), Huamachuco, Huanucopampa (Wanakupampa), Pumpu, Hatun Xauxa (Jatunjauja), Picchu (Machu Picchu), Pachacamac, Incahuasi, Pucallacta (Tambocolorado), Vilcashuamán, Ollantaytambo, Jatuncolla, Paria, Incarracay.

callesIncas

Lo que pudo ser una calle en una llacta

Todas eran fieles copias de Cuzco, con un templo dedicado a Inti, una casa del Inca (incahuasi), una casa para las vírgenes del sol (acllahuasi), una cárcel (sancaihuasi), y muchos almacenes (colcas o qullcas). Donde podían, hacían piscinas termales, y donde no, si era en la costa, piscinas de agua fría. Las llactas solían ser más grandes que un pueblo, a veces tenían barrios. El objetivo de su construcción era potenciar y asentar la administración de las regiones, con sus señoríos y reinos sometidos al Inca. Se observa que hubo más llactas al norte que al sur, probablemente porque la etnia inca cuyo origen y preferencia siempre estuvo en la cordillera, en la sierra, vio mayor potencial de expansión hacia el norte que hacia el sur o el este. Al Sureste, más allá de las sierras, tenían que confrontar a los guaraníes, que en número eran muchísimos, y que, al igual que los mapuche del sur, estaban protegidos por las selvas y los bosques. Ni hablar de la impenetrable Amazonía que el incanato solo pudo abordar mínimamente. En cambio hacia el norte tenían muchos cientos de kilómetros de sierras andinas, y lo sabían puesto que ya habían dominado el extremo sur de lo que hoy es Colombia. El objetivo era claro: las sierras colombianas.

Entrada Inca

Entrada a una propiedad en una llacta

Guardando las proporciones, las llactas podían calificarse como “cosmopolitas”, pues en ellas se reunían personas de todos los rincones del imperio, se hablaban distintos idiomas, se practicaban y enseñaban distintas artes (textiles, metalúrgicas, alfareras...). En sus calles había mitayos, soldados, sacerdotes, funcionarios, nobles, mamaconas, yanaconas (siervos de la nobleza), mitmas (gente desarraigada de su ayllu), había desfiles y fiestas de vez en cuando, y no faltaba nunca ni el agua ni el alimento ni el abrigo. Pero eran ciudadelas artificiales, sin raigambre. Nadie había escogido estar allí y casi todos estaban de paso. Por eso a la llegada de los españoles no quedó nadie, no hubo defensa patriota, más bien algunas fueron arrasadas por los propios “habitantes”. Quedaron despobladas las llactas, la gente se fue a la sierra, a la costa, a sus respectivos ayllus. Las pocas llactas que hoy en día son ciudades, como Quito o Cuzco, lo son por decisión de los españoles de establecerse allí. Las llactas nunca tuvieron habitantes con sentido de pertenencia a un lugar, no había mercado ni comerciantes ni casas de familia que se heredaran de generación en generación.

Markas y llactas no conformaban el grueso de la población inca, sino las casas esparcidas por los campos formando ayllus. De modo que al caminar por los Andes, y sus valles, fuesen áridos o subtropicales, lo que nos hubiéramos encontrado son seguidillas de casas en las laderas, unas cercanas a otras, con lugares colectivos para hacer la fiesta, terrenos colectivos en el plano, terrenos familiares, terrenos colectivos del estado y campos compartidos para los rebaños que les estaba permitido tener, y solo muy de vez en cuando un pueblo (marka) o hasta una ciudadela (llacta).

A menudo estas pequeñas aldeas, los ayllus, estuvieron rodeadas de muros: curvos, lineares o en zigzag, y dando la espalda a algún acantilado. Esto es testimonio que los ataques en tiempos pre-incas debieron ser algo frecuentes, y lo hacían también para proteger y guardar a sus preciados rebaños de llamas y alpacas. Los incas, al igual que los españoles, se preocuparon de desalojar estas aldeas algo fortificadas, para ubicarlas en lugares más accesibles, de modo que fueran más controlables. Y por otro lado, construir en las alturas, lejos del agua, los hizo presa fácil para el asedio y el sitio que practicaban los incas con los rebeldes que no aceptaban el imperio, rodeándolos e impidiéndoles el acceso al agua. No hay que olvidar que la etnia inca también fue conquistadora, sometió etnias enteras, incluso reinos.

En las sierras cordilleranas las casas podían ser de adobe, de pirca (piedras ordenadas sin mortero) y techos de paja. La figura más común fueron las circulares, sobretodo en la costa, pero también las había cuadrangulares, característica más bien de la sierra. En la costa y los valles más temperados, construían con ladrillos medianos y pequeños (adobitos) que secaban previamente al sol, y como no llueve tanto, no se tomaban la molestia de cocer los ladrillos. En los lugares más cálidos simplemente construían con cañas que dejaban pasar el aire entre ellas. Las parcelas familiares y del estado, lotes conocidos como tupus o tupos, estaban siempre perfectamente cercadas (con pircas o ramas), cada persona podía tener de seis a ocho tupos, pues conocían la rotación de cultivos y siempre había tierra descansando, recibiendo el abono del rebaño.

Por otro lado había ayllus de estatus especial, llamados ayllus de panacas. Pana en quechua significa hermana, la traducción literal sería hermandades. Eran ayllus conformados por familias nobles, descendientes de algún soberano Inca, no importa cuantas generaciones hacia atrás. También vivían en comunidades multifamiliares, pero la gran diferencia es que tenían servidumbre y ellos no trabajaban la tierra ni se ocupaban de los animales ni lavaban ni tejían, etc, estas tareas eran realizadas por los yanaconas o yanas, que en quechua o runa-simi quiere decir tanto negro como sirviente (según una leyenda les decían negros porque así habían quedado por el poder del sol después de haber sido conquistados, por el poder de Inti). Al principio los yanaconas eran prisioneros de guerra, después, toda la descendencia de estos prisioneros seguía siendo yana, siervos a perpetuidad del funcionario, del noble, o del Inca, y sin derecho a tupos (parcelas) ni a redistribuciones estatales. Al igual que en la Roma imperial, los había de varios tipos, algunos muy educados que podían llegar a ser funcionarios, y otros que eran mano de obra abundante.

Estas panacas estaban casi todas en los alrededores de Cuzco, pero también las había lejanas, y cumplían la labor de reforzar el poderío inca, además de las llactas. Cada nuevo emperador inca no era dueño de las tierras de sus predecesores, por eso debía conquistar nuevas tierras, que heredaría después de su muerte a toda su descendencia (en teoría el seguía estando vivo y su momia era la dueña de las tierras que sus descendientes usufructuaban). Las primeras conquistas fueron alrededor de Cuzco, pero con los años fueron cada vez más lejanas. Las panacas se instalaban en las tierras conquistadas por cada ascendente imperial.

Según algunas fuentes, también existieron mitmas de panacas. En tal caso, son conocidas también como ayllus de mitmas incas. Las mitmas o mitimaes fueron un fenómeno tardío en la historia inca, cuando ayllus enteros o fraccionados eran reubicados en otras zonas vía migración forzosa, ya sea para castigarlos por andar complotando, o para reubicarlos en un lugar más controlable, o para aliviar el crecimiento poblacional de alguna zona. También tardíamente los incas formaron ayllus heterogéneos, con familias tomadas por aquí y por allá, como castigo o para prevenir revueltas. En ambos casos, son conocidos como ayllus de mitmas o mitimaes, a veces de carácter permanente, otras veces de carácter temporal, a veces como castigo, y otras como premio.

Este artículo es un fragmento adaptado del dossier: La vida cotidiana de los incas

Investigación y Redacción: Álvaro J. Riquelme Marínkovic
Fecha de publicación: 25-11-2020
Última actualización: 25-11-2020

Fuentes:

Inca Garcilaso de la Vega - Comentarios reales de los incas. 1609
Waldemar Espinoza - La civilización inca. 1995
Gordon F. McEwan - The incas. New perspectives. 2006
Bernabé Cobo - Historia del Nuevo Mundo, tomo IV. 1893
Alfred Métraux - Los incas. 1961
Martín de Murúa - Historia General del Perú. 1616

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