Amor y sexualidad en la civilización inca
Los jóvenes runas, la casta plebeya inca, que era la más numerosa, tenían el derecho a coquetearse, a enamorarse, y a cambiar de enamorado, algo que en muchas civilizaciones estuvo prohibido por mantener costumbres patriarcales. La juventud de la civilización inca seguía un singular cortejo que parece haber estado bien difundido y que todavía hoy se puede encontrar. Si eras un joven hombre del pueblo en el tiempo de los incas, le tirabas una piedrecilla a la mujer que pretendías para llamar su atención, le podías quitar también una prenda de vestir, la que estuviera más a mano, la lliclla por ejemplo, manto que usaban las mujeres, y ojalá con algunos cabellos de ella, que guardarías celosamente para enredarlos con los tuyos y ponerlos donde duermes. Si le gustabas, ella te podía corretear para que le devolvieras la prenda, y tú fijarías una cita para entregárselo de vuelta. Si ella llegaba sola a la cita era señal de aceptación y de romance. Si llegaba acompañada era un no, pero al menos lo había pensado, o había averiguado algunas cosas de ti. Cuando el no era rotundo, no aceptaba ninguna cita, pedía la devolución inmediata de la prenda, y cuando le caías realmente mal o si te negabas a devolvérsela, te podía agarrar a coscachos para recuperarla.
Durante los bailes también podías cortejar. La usanza era molestar a la mujer con algún empujoncito, una jaladita por aquí, otra por allá. Si te seguían el juego o te hacían cambio de luces, era tuya. Pero si te reclamaban por la joda, te dabas por vencido. Si el cortejo funcionaba y comenzaba un romance, podías tener que convencer a los taitas (papá y mamá). Si fracasabas, te quedaba la opción del rapto, que hasta cierto punto era tolerado, pero siempre tenía que haber aceptación de la mujer.
Cuando ni piedrecitas, ni prendas quitadas, ni empujones al bailar resultaban, fueras hombre o mujer, podías cantarle y dedicarle los sonidos de algún instrumento, si tenías esa aptitud. Si no la tenías, o si la música y la poesía tampoco funcionaban, podías recurrir a encantamientos, talismanes y pociones de especialistas, que podían utilizar hierbas, animales o minerales con el fin de atraer a la pareja. Los talismanes eran conocidos como huacanquis, y podían ser plumas de aves específicas, espinas de ciertos cactus, hojas de chachacomo o de quishuar, colas de zorro, granos de maíz de cierto tamaño y color, o hasta mosquitos (en la costa). Llevaban su huacanqui, su talismán, en sus chuspas (pequeño bolso tradicional), y al pasar cerca de la mujer o el hombre pretendido, su hechizo actuaba.
Los curanderos del amor hacían sesiones de amarre, con ritos específicos donde el consultante debía repetir ciertos versos al tiempo que hacía movimientos previamente enseñados por el curandero. Entre los afrodisíacos conocidos por ellos, estaban el huanarpo macho, las libélulas y un gusano llamado sucama. Lo proporcionaban por vía oral, frecuentemente mezclados con ají (para el caso del gusano cocido) o con chicha (con polvo de huanarpo seco, que según algunos puede provocar la muerte si es excesivo). Y para apagar la llama también tenían: el huanarpo hembra, que al igual que el macho es un árbol nativo de clima húmedo y fresco, que puede vivir hasta los 2.300 metros sobre el nivel del mar. También tenían las señales del camino, parecido al sacarle los pétalos a la margarita, donde si el ruiseñor cantaba de una manera, era un buen augurio, si cantaba de otra manera, ella o él, no le quería.
Por supuesto, también usaban el mundialmente conocido afrodisíaco etanol, que consumían solamente en forma de chichas (fermentados de frutas o granos) pues no conocían la destilación. Ablandaban la rigidez de la autocensura, igual que hoy en día, con alcohol. Pero, evidentemente, también tenía su contraparte: las peleas, los puñetazos, los malos tratos y la violencia intrafamiliar, que lejos de ser la norma, no hay porqué dejar de mencionar.
Había amor para casi todos. El problema y la injusticia aparecía, cuando tenías la mala suerte de ser demasiado bonita. Un funcionario del estado podía escogerte y llevarte a vivir con las vírgenes del sol, las acllas, para después ser un regalo del emperador a un funcionario o a un noble, o si le gustabas al Inca, ser parte de su harem. Si bien esto era generalmente un honor para la familia, no siempre lo era para las jovencitas. Pero digamos que la gran mayoría de las mujeres incaicas tenían derecho al amor, a probar el amor, a jugar al amor, y a decidir y escoger un hombre.
La costumbre inca tenía la particularidad de permitir la convivencia de las parejas antes de casarse, era una unión de prueba, pre-matrimonial, llamada tincunacuspa en el sur y pantanacuy en el norte, en que la pareja convivía en casa de los padres de cualquiera de los dos, por meses o a veces por años. Así sabía cada pareja si era compatible, el hombre veía si la mujer era hábil en las tareas del hogar, y la mujer veía si el hombre era bueno para trabajar o si era más bien perezoso, todo en presencia de los taitas. Esto sucedía con el pueblo inca, entre los runas, la casta más numerosa, el pueblo en general, que no eran ni siervos ni nobles. Dicha convivencia pre-marital no ocurría en la nobleza, pues entre panacas y curacas los matrimonios eran arreglados desde la infancia y no había período de prueba, ni coqueteos, ni enamorados. La mujer runa, en cambio, podía practicar libremente su sexualidad antes del matrimonio, y también después de separada o de enviudar. La virginidad no tenía ninguna importancia si no pertenecías a la nobleza.
La población pre-inca tuvo una sexualidad todavía más libre. Existe la prueba irrefutable de centenares de vasijas, jarrones, jarritos y pequeñas botellas de arcilla con actividades sexuales de las más variadas. Alfarería moche o mochica, alfarería chimú pero también incaica, completamente explícita, erótica o picaresca. Deben haber sido muchas más todavía, pues la cultura católica siempre tan casta y sobria, y tan avasalladora, destruyó piezas por miles. Los incas, al igual que las culturas anteriores, conocían y practicaban el sexo ritual. Iba el matrimonio a determinadas horas de la noche a su cultivo, por lo general cerca de una huaca, a levantar polvo en pos de la fertilidad de la siembra.
Alfarería precolombina con motivos sexuales
Por otro lado, la homosexualidad no era aceptada, por lo tanto era encubierta, casi siempre tolerada, pero en ocasiones perseguida. Era mal vista y legalmente no existía nada parecido a una familia homoparental. Había localidades, etnias en la costa, donde la homosexualidad era visible y sin complejos, pero eran la excepción más que la regla. Lo mismo ocurría con la prostitución; no fue nunca perseguida, pero en cambio no se la toleraba cerca. Ninguna mujer podía conversar con prostitutas, ni tampoco acercárseles. Eran llamadas pampayruna, despreciadas en público por los hombres, y por eso vivían más bien separadas de los ayllus, en alguna choza en la pampa. También eran llamadas mitahuarmis, que quiere decir mujer de turno.
Fue el inca Pachakutiq quien reglamentó la existencia de las pampayrunas, con la finalidad de evitar violaciones de muchachas o deseos de mujeres ajenas, y para calmar a funcionarios que estuvieren viajando. Las prostitutas no practicaban el oficio por voluntad propia, pues eran mayoritariamente prisioneras de guerra obligadas a hacerlo. Se les alimentaba y daba un refugio, y el cliente debía dejar una paga en especie. Las pampayrunas tenían prohibido entrar a los ayllus (aldeas) y a las llactas (ciudadelas), y cuando ya habían perdido atracción, eran llevadas a trabajar como cocaleras. Sus hijos eran retirados a penas nacidos o poco tiempo después, y entregado a parejas o familias que lo solicitaran.
Este artículo es un fragmento adaptado del dossier: La vida cotidiana de los incas
Investigación y Redacción: Álvaro J. Riquelme Marínkovic
Fecha de publicación: 03-12-2020
Última actualización: 03-12-2020
Fuentes:
Inca Garcilaso de la Vega - Comentarios reales de los incas. 1609
Waldemar Espinoza - La civilización inca. 1995
Gordon F. McEwan - The incas. New perspectives. 2006
Bernabé Cobo - Historia del Nuevo Mundo, tomo IV. 1893
Alfred Métraux - Los incas. 1961
Martín de Murúa - Historia General del Perú. 1616
Sara Guardia – Mujeres peruanas, el otro lado de la historia. 2013
